Cuando los tiempos de vuelven difíciles y la vida parece no sonreírme, siempre vuelvo al recuerdo de mis mejores sueños. A unos muy escasos, que tan caprichosamente guardo.
Me aterra pensar que la frágil de mi memoria me llegue a traicionar, tal como ha hecho en numerosas oportunidades con la realidad. Detesto ese momento del día en que abres los ojos tratando de recordar el mundo que habías creado en tu mente, y entre más tratas de armar y armar la última escena para avanzar a la siguiente anterior, menos lo logras. Las imágenes se van desvaneciendo, desmoronando fugazmente, tal como una torre de cubos sin cohesión cediendo frente a la inevitable fuerza de gravedad. Es una sensación muy parecida a la frustración.
A diferencia de lo que pasa cuando despierto, y tan claro como si lo hubiese vivido, recuerdo todo. Aromas, texturas, miradas, voces. Ese momento es fascinantemente adictivo. Me aferro a ese instante cada vez que ocurre, para que me pueda acompañar por el tiempo que mi perezosa memoria lo permita. Es que aquellos momentos nunca vividos, entregan lo indescriptible, aquello que la experiencia en muy escasas oportunidades comparte. Y lo mismo ocurre con los sueños que se tienen despierta. A fin de cuentas, la imaginación no se compara con la ínfima partícula que es a su lado la realidad; no tiene límites de tiempo ni de niveles de conciencia.
Hubo una época en que sentía que sólo tenía mi mente realista para sobrevivir y por temor a perderlos, renuncié a los sueños. Pues bien, vuelvo a ellos, porque de una manera inevitable, siento que, a fin de cuentas, todo nace ahí. En ellos encuentro la fuerza necesaria para seguir, la ingeniosa sabiduría para solucionar y, muchas veces también, la felicidad esquiva.
Sólo me quedan los sueños.
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