Quisiera haber sido lo suficientemente valiente para asumir las señales que recibía. Porque estaban ahí, las ví, las sentí, pero las ignoré. Las ignoré porque alguien en quien confiaba ciegamente me enseñó que si no duraban para siempre, no era amor. Y aunque yo no tengo esa percepción del amor, el hecho que se acabara -y siguiendo esa filosofía- significaría que nunca fue amor para dicha persona. Cuando digo ciegamente, me refiero a que le podría confiar mi vida a ésta persona. su traición era para mí algo tan imposible como lo más antinatural que cada uno pueda imaginar.
No sé qué es peor... que te prometan cosas y luego no las cumplan, o creer en esas promesas. Nunca asumo que no están siendo honestos conmigo, y me gusta eso de mí. Me gusta creer. Confiar. Tengo la convicción que si basáramos nuestra cotidianidad en la confianza, éste mundo sería un lugar mucho más soportable para vivir.
El problema es cuando alguien, en quien confiaste todos tus sueños, tus secretos, tus miedos, tus teorías, tus convicciones, quiebra esa confianza. O, -de nuevo- ¿el problema fue confiar? Tal vez debemos dejarnos algo para nosotros. Guardarnos lo que nos hace únicos y mostrar lo que nos hace iguales al resto. Desconfiar. Así nadie llegará a tu ida con la basura de "eres especial" y podemos volvernos todos dispensables. Desechables.
Si... cómo quisiera que fueras desechable para mí.
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