Cuando niña era fácil soñar. Pero aún siendo fácil, siempre
lo que quería ser de grande respondía a profesiones tradicionales: profesora,
médico, carabinera. Lo más osado que quise por un año, fue ser astrónoma. Y es
que nunca tuve mucho talento para la parte artística. O quizás nunca se me
fomentó en mi ambiente familiar. Porque recuerdo que un año quería mucho un
teclado para navidad, y otro año una guitarra. Esos regalos me llegaron, pero
se perdieron en el polvo del olvido, porque nadie en mi familia tenía algún
talento musical, por lo que no tenía alguien que me enseñara. Tampoco teníamos
dinero como para pagarme clases particulares, así que hasta ahí llegó.
Después recuerdo que en 7º básico llegó una profesora de
artes visuales que me fomentó mucho la pintura, y hasta el día de hoy, al
recordar lo que pintaba, me asombro de mí misma. Ese talento se truncó cuando
mi madre, en un arranque de orgullo y chochera, mostró mis obras a sus amigas.
Yo, en plena edad del pavo, hice todo un drama del asunto, rompiendo todas mis
obras y abandonando para siempre –hasta ahora- los pinceles.
Una vez leí que Pablo Picasso decía algo así como que todos
los niños nacen siendo artistas. Yo creo que es cierto. Artistas y soñadores.
El dilema viene al crecer, que se abandonan esos sueños. Debe ser por el
miedo que los adultos le imponemos a los niños, en la familia y también en el
sistema educacional que recibimos. Porque cuando ya dejamos de ser niños, hasta
la pregunta cambia. Ya no es “qué quieres ser?”. Ahora es “qué quieres
estudiar?”. Por supuesto las respuestas deben ajustarse a ser lo más
“realistas” posibles: odontóloga, abogada, médico, ingeniero. Y entonces
resulta que lo que nos gusta nunca coincide con lo que nos permite vivir (o
sobrevivir?). Eso que nos apasiona, lo que nos hace olvidar los problemas
cuando lo hacemos, y nos entrega los mejores momentos, pasa a ser nuestro
hobby. Y sin cuestionarnos nada, aceptamos esta realidad. Ahogamos nuestros
sueños, por tener cierta estabilidad económica, familiar y social. Digo
“cierta” porque creo que todos sabemos que aún haciendo todo lo que se supone
correcto, el futuro no está asegurado.
Yo también caí redondita en esa trampa. Creí que mi vida
estaría toda asegurada sacando una carrera universitaria que me dejara ingresos
seguros. Lo suficiente para postular a un crédito hipotecario, endeudarme 20
años pagando una casa y algunos días de vacaciones al año. Días que se cuentan
con los dedos de las manos, pero que debemos agradecer, porque justifican el
esfuerzo y estrés de todo un año de trabajo.
Vale la pena vivir una realidad “a medias”? No es eso lo que sucede cuando se
hace lo que se debe, lo que se supone políticamente correcto y socialmente
aceptado que uno tiene que hacer?
Cuando tomé la decisión de jugármela por mis sueños,
inevitablemente llega la pregunta “y de qué vas a vivir?”, refiriéndose a los
ingresos económicos. Si, ya no tendré ese sueldo fijo y seguro mensualmente.
Pero en los últimos 4 años que lo he tenido, no me he sentido precisamente
realizada, feliz. Todo lo contrario. Y eso es lo que le cuesta comprender a las
personas: el dinero no hace la felicidad. Todos lo saben en teoría, y siempre
dicen esa frase como creyéndose poseedores de toda verdad y sabiduría. Y luego,
alguien para justificar ese estilo de vida, le agregó “pero ayuda a
conseguirla”.
Yo no quiero enterrar mis sueños por el miedo a la
inseguridad de lo que vendrá ni del qué dirán. Ya abracé la idea de que puedo
equivocarme, pero sin el riesgo, nunca saldrá nada creativo. Porque la duda
sobre lo que podría haber sido me hubiera perseguido eternamente en esta y
otras vidas, hasta entenderlo.
Cada vez es más frecuente encontrar videos, imágenes u
escritos circulando por internet que motivan a seguir los sueños. Y las miramos
un rato, transportándonos a una realidad alternativa, luego sonreímos
nostálgicos y de eso pasamos a la resignación. Volvemos a escribir números y
letras que calzan con nuestra rutina… Cobardía! Nos enraizamos en la
aseveración de que el esfuerzo y tolerancia del presente, habrá valido la pena
en el futuro. Pero, ¿y si ese futuro no llega nunca? Que no es el presente la
realización inmediata de ese futuro?
Nadie dice que sea fácil. Pero para mí la rutina tampoco lo
es. Sólo es más segura.
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