miércoles, 8 de enero de 2014

Arriesgando

Cuando niña era fácil soñar. Pero aún siendo fácil, siempre lo que quería ser de grande respondía a profesiones tradicionales: profesora, médico, carabinera. Lo más osado que quise por un año, fue ser astrónoma. Y es que nunca tuve mucho talento para la parte artística. O quizás nunca se me fomentó en mi ambiente familiar. Porque recuerdo que un año quería mucho un teclado para navidad, y otro año una guitarra. Esos regalos me llegaron, pero se perdieron en el polvo del olvido, porque nadie en mi familia tenía algún talento musical, por lo que no tenía alguien que me enseñara. Tampoco teníamos dinero como para pagarme clases particulares, así que hasta ahí llegó.
Después recuerdo que en 7º básico llegó una profesora de artes visuales que me fomentó mucho la pintura, y hasta el día de hoy, al recordar lo que pintaba, me asombro de mí misma. Ese talento se truncó cuando mi madre, en un arranque de orgullo y chochera, mostró mis obras a sus amigas. Yo, en plena edad del pavo, hice todo un drama del asunto, rompiendo todas mis obras y abandonando para siempre –hasta ahora- los pinceles.
Una vez leí que Pablo Picasso decía algo así como que todos los niños nacen siendo artistas. Yo creo que es cierto. Artistas y soñadores. El dilema viene al crecer, que se abandonan esos sueños. Debe ser por el miedo que los adultos le imponemos a los niños, en la familia y también en el sistema educacional que recibimos. Porque cuando ya dejamos de ser niños, hasta la pregunta cambia. Ya no es “qué quieres ser?”. Ahora es “qué quieres estudiar?”. Por supuesto las respuestas deben ajustarse a ser lo más “realistas” posibles: odontóloga, abogada, médico, ingeniero. Y entonces resulta que lo que nos gusta nunca coincide con lo que nos permite vivir (o sobrevivir?). Eso que nos apasiona, lo que nos hace olvidar los problemas cuando lo hacemos, y nos entrega los mejores momentos, pasa a ser nuestro hobby. Y sin cuestionarnos nada, aceptamos esta realidad. Ahogamos nuestros sueños, por tener cierta estabilidad económica, familiar y social. Digo “cierta” porque creo que todos sabemos que aún haciendo todo lo que se supone correcto, el futuro no está asegurado.
Yo también caí redondita en esa trampa. Creí que mi vida estaría toda asegurada sacando una carrera universitaria que me dejara ingresos seguros. Lo suficiente para postular a un crédito hipotecario, endeudarme 20 años pagando una casa y algunos días de vacaciones al año. Días que se cuentan con los dedos de las manos, pero que debemos agradecer, porque justifican el esfuerzo y estrés de todo un año de trabajo.
Vale la pena vivir una realidad  “a medias”? No es eso lo que sucede cuando se hace lo que se debe, lo que se supone políticamente correcto y socialmente aceptado que uno tiene que hacer?
Cuando tomé la decisión de jugármela por mis sueños, inevitablemente llega la pregunta “y de qué vas a vivir?”, refiriéndose a los ingresos económicos. Si, ya no tendré ese sueldo fijo y seguro mensualmente. Pero en los últimos 4 años que lo he tenido, no me he sentido precisamente realizada, feliz. Todo lo contrario. Y eso es lo que le cuesta comprender a las personas: el dinero no hace la felicidad. Todos lo saben en teoría, y siempre dicen esa frase como creyéndose poseedores de toda verdad y sabiduría. Y luego, alguien para justificar ese estilo de vida, le agregó “pero ayuda a conseguirla”.
Yo no quiero enterrar mis sueños por el miedo a la inseguridad de lo que vendrá ni del qué dirán. Ya abracé la idea de que puedo equivocarme, pero sin el riesgo, nunca saldrá nada creativo. Porque la duda sobre lo que podría haber sido me hubiera perseguido eternamente en esta y otras vidas, hasta entenderlo.
Cada vez es más frecuente encontrar videos, imágenes u escritos circulando por internet que motivan a seguir los sueños. Y las miramos un rato, transportándonos a una realidad alternativa, luego sonreímos nostálgicos y de eso pasamos a la resignación. Volvemos a escribir números y letras que calzan con nuestra rutina… Cobardía! Nos enraizamos en la aseveración de que el esfuerzo y tolerancia del presente, habrá valido la pena en el futuro. Pero, ¿y si ese futuro no llega nunca? Que no es el presente la realización inmediata de ese futuro?

Nadie dice que sea fácil. Pero para mí la rutina tampoco lo es. Sólo es más segura.


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